A las mujeres siempre nos pasan cosas raras.
Después de leer el libro de Falcón Castro sentí que habían faltado historias por contar. Siempre hay mujeres que están a punto de alzar el vuelo. Cosa diferente es que terminen haciéndolo o no (y en eso ya no me meto). O mujeres que ya van volando, o que después del vuelo llegaron a otro lado y siguen buscando.
Se mira 10 veces al espejo antes de salir de casa. Todo en orden: la falda de colores, la blusa y los zapatos, la chaqueta. Desde que se sube al carro siente que le duele la cabeza. Piensa que puede ser la gripe. Habla con el copiloto que la acompaña. Estaciona su carro y tiembla. Sube las escaleras y le ve. Intenta bajar la mirada porque sabe cuanto brillan sus ojos cuando se pone contenta.
Empieza a interpretar el papel de “aquí no pasa nada”, se acerca y le saluda. Él habla con otra gente, la mira como siempre, con lujuria. Él se aleja. Se sienta. Ella se encuentra de pie al final de todas las cabezas que han ido a escucharlo. No quiere mirarlo, pero siempre termina sonriéndole. Es un asqueroso acto reflejo del cuerpo que la delata. Entonces, se da cuenta y se reprende mentalmente, le desespera saber que nunca termina de domarse. Saluda y habla y no sabe lo que dice. Cosas inconexas, frases cortas. Sus pupilas parecen presenciar un partido de tenis. Cuando se da cuenta se resulta tan patética que quiere perderse en una esquina en medio de las lágrimas.
Ella reconoce a la mujer de él por su olor. Por su pelo. Se para muy junto a ella, cerca de su espalda y su trasero, huele su pelo, se detiene a ver su maquillaje, su piel, sus zapatos. Roza con la punta de los dedos el bolso que él le había traído de viaje a pesar de que ella no lo acompañó a comprarlo. Cuando la ve no siente nada. Sólo curiosidad, ganas de revisarla con lupa. O si siente algo deben ser cosas buenas porque luego de tenerla a unos milímetros no recuerda nada que le haya hecho daño. Luego él la busca. No ha dejado de buscarla desde que la vio llegar. Se acerca, le toca un brazo, un hombro, un gesto ridículo que a ella le produce una ternura insospechada porque sabe que hay un mensaje encriptado que dice: “me muero por tocarte”.
Ella se aleja. Logra sentirse lejana y distante. Es una danza triste. Él regresa con una copa hacia ella y le sonríe. (Como la primera vez que se le acercó con una copa de una bebida clara y le insistió: “No te vayas, quédate”). Ella se levanta y le pregunta como ha salido todo. Él solo responde que cada vez se pierde más en ella, que lo ideal sería salir de allí hacia su casa, esa que tienen en un universo paralelo. Seria, agradece todos sus halagos, le mira y piensa en lo mucho que lo desea. Piensa en la cama de sábanas blancas, en las cortinas que se mueven siguiendo la cadencia del aire que entra suave por la ventana abierta, en ellos desnudos, enredados, sudorosos y llenos. Sucumbe ante él, ante su presencia (sin que él lo note). Siente que la cámara gira alrededor de ellos y el mundo es apenas un barrido imperceptible y colorido. Pero el censor que lleva dentro empieza a llamarla a gritos, a recordarle que las cosas ya estaban claras y que, gracias a la transparencia de sus ideas, a la disciplina de su razón, no están en esa cama de sábanas blancas.
Y se derrumba porque está loca, de soledad, de amor, de búsquedas. Porque él, de este lado del universo pertenece a otra atmósfera, a una en la que ella no quiere moverse pues le resulta densa y pesada. Ella no quiere respirar más aires enrarecidos. Ha inhalado muchos ya. Cuando desaparece por la puerta por la que entró piensa que todo lo que acaba de sucederle es lo más triste y frustrante que le puede pasar ahora que supuestamente todo, todo está en orden.

1 secretos:
El problema es que un hombre siempre esta: A. con una mujer que esta por volar. B. con una mujer que esta aterreizando o C. con una mujer que esta volando. En los tres casos se trata de alguien en transito. En lo tres casos hay que vivir el instante sin proyectar nada. En los tres casos hay que amar como si fuera el ultimo minuto antes del vacio. La vida me ha permitido a lo menos amar una mujer en pleno vuelo. Caer de 9000 pies puede ser duro, pero vale la pena.
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