07/06/2006

Hospital

Ahora me encuentro en un hospital.

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Yo aborrezco los hospitales. Los aborrezco porque en ellos es imposible ignorar lo finitamente pequeños que somos y lo indefensos que estamos.
A mi lo que me angustia de los hospitales no es el enfrentamiento con la muerte. Lo que me resulta desesperante de estos lugares fríos, de luz verdosa e implacable impersonalidad es ese golpe en la cara, ese grito seco que te dice:

- Te estás muriendo a poquitos... te mueres todos los días

Y el dolor. El dolor es una humillación para el alma humana. Creo que nadie está preparado para soportarlo (ya sea físico, o moral o emocional).
Nuestra incansable búsqueda de la felicidad es una negación reiterada al dolor.
Nadie quiere sufrir.

El mito del sufrimiento está vinculado con el cristianismo, con el próspero y luminoso futuro en el más allá.

Yo no quiero sufrir y sufro.
Yo no quiero llorar y lloro.
Yo no quiero estar triste y estoy triste.
¿Por qué será?*

Los hospitales son lugares decadentes. Por más modernos, limpios y ascépticos, los hospitales son lugares decadentes.
Lugares que encierran la tristeza y la disfrazan de esperanza,
lugares que transforman la desazón y la incertidumbre en posibilidades.

El hospital en el que me encuentro ahora es un hospital del primer mundo. Todo está en su sitio. Todo es nuevo (o seminuevo), limpio y bien cuidado.
Las puertas de las habitaciones están pintadas de lila. No de morado, ni de rosa. Lila. Morado + blanco = lila.
Las puertecitas del pasillo que esconden armarios o pasadizos secretos (eso es mentira, pero me gusta imaginar que hay pasadizos secretos) están pintadas de amarillo mostaza. No pollito, ni sol, sino un cremoso amarillo mostaza.
Hay barandas de acero en las paredes del pasillo.
En realidad es una combinación bonita: acero + lila + mostaza. Pero a pesar de todo el esfuerzo por hacer de este lugar un espacio en el que a la gente se le olvide que aquí ha venido a sufrir es imposible ignorarlo.

Este hospital y los demás hospitales de este tierra huelen a dolor, a una sumatoria de dolores de todo tipo... y ese olor es un olor inaguantable.
Sobretodo porque es un olor que se diluye entre los olores del cuerpo enfermo, del cuerpo en declive mezclándose con la necesidad humana de borrar las huellas del dolor con otros olores, un disfraz del sufrimiento que huele a legía, a alcohol y a ambientador.

Así, este sitio a primera vista reluce y huele a limpio, pero en realidad este hospital es tan igual al Hospital de Caridad de Bogotá o a uno de Lima o de cualquier otra ciudad del mundo.

Aquí apesta a tristeza, apesta a humillación, a rabia a impotencia. Aquí apesta a dolor.

* * * * *

* Entre esta pregunta y el párrafo siguiente hay toda una disertación sobre mi posible bipolaridad. No lo escribo porque todo esto ha sido producto de una "escritura automática" y no me parece pertinente hablar de tantas cosas a la vez. No me quiero ir por las ramas. Aunque yo salte de una a otra, no está bien que este espacio se contagie de todo el caos mental que me domina. Entendido?

2 secretos:

el cowboy espacial dijo...

[hospital]

hola mona. pienso mucho en ustedes. abrazo para ambos. para el boss.

Mona Herbe dijo...

Gracias, Cowboy!

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Colombiana. Caribe. Latina. Terrícola… Aunque puesta a elegir me encantaría ser de algún planeta con varias lunas y anillos de colores. Me mueve todo aquello donde quede claro, ya sea de forma tácita o explícita, que somos el producto de la belleza y la podredumbre. En otras palabras, me interesa lo que somos capaces de hacer como especie y nuestra incapacidad para entendernos, para desentrañar la vida y las reglas profundas que mueven desde la subpartícula atómica más ínfima hasta un taladro gigante capaz de abrir grandes agujeros.